El Brexit como oportunidad

Se ha hablado tanto del Brexit que el tema puede resultar ya aburrido, pero es tan complejo como trascendente, por lo que seguirá ocupando espacio en los medios y en los discursos durante mucho tiempo.

Tras el shock inicial que supuso en toda Europa – empezando por Reino Unido – el resultado del referéndum sobre el Brexit, los distintos agentes y gobiernos han tomado posiciones y movido ficha. Theresa May probablemente  invocará el artículo 50 del Tratado de Lisboa el próximo mes de marzo, lo que supondrá el comienzo de las negociaciones formales para dejar la UE.  Otros gobiernos han comenzado a anunciar bajadas de impuestos y otras medidas dirigidas a atraer a las empresas que, previsiblemente, abandonarán el Reino Unido. Mientras tanto, el británico medio tembló ante la ausencia inesperada de Marmite en los supermercados, esa sustancia infecta de color indescriptible que aparece a la hora del desayuno en muchos hogares de la isla.

Hace poco cogí un taxi en Londres y, para mi sorpresa, el taxista resultó ser un tipo muy locuaz,  dueño de una casa en Pollensa y apasionado por España. Había votado a favor de la permanencia en la UE pensando en un futuro retiro en su casa mallorquina, pero estaba contento con el No a la UE. En opinión del taxista, el Brexit no iba a resultar el apocalipsis. Los británicos seguirían viajando al resto de Europa, comprando champagne y coches alemanes (no detalló a qué precio). Cuando le respondí que ya se oía hablar de muchas empresas dispuestas a abandonar el RU, el taxista no se amilanó: “¿Quién va a querer irse a París o Francfort, donde no se habla inglés, pudiendo estar en Londres, la mejor ciudad de la tierra?”

Este experimento sociológico tan interesante da muchas luces acerca del Brexit. Es un fenómeno complejo, polifacético, impulsado por razones viscerales, políticas y de economía familiar en porcentajes ignotos, y muy difícil de entender para el europeo medio no británico.  Pero no quiero dedicarme hoy a analizar sus causas sino sus consecuencias, y en particular aquellas vinculadas con la inversión directa externa (IDE).

¿Se va a relocalizar la IDE actualmente radicada en Londres? ¿Es positiva esta relocalización? ¿Qué deben hacer el gobierno español y los gobiernos regionales al respecto? Muchas preguntas y muy trascendentes, sobre las cuales quisiera dar alguna pincelada.

En las últimas décadas ha proliferado de modo considerable la investigación sobre la IDE, tanto sobre sus consecuencias como sus determinantes. De una parte, hay ya cuantiosa evidencia que muestra sus efectos beneficiosos en el país receptor: permite transferir tecnología más avanzada, knowhow y mejores prácticas, genera empleo y estimula el crecimiento económico. Aumenta la productividad del factor trabajo y eleva la cualificación de la mano de obra local. Hace poco estuve en Bulgaria, y pude comprobar la diferencia de trato al cliente en las empresas que operan en sectores donde también hay multinacionales, con respecto a las que siguen considerando al país eslavo como una isla y al posible comprador como un enemigo (herencia de décadas de comunismo). Afortunadamente, han quedado atrás – al menos en los ambientes más serios – los tiempos en que algunos (o muchos) ciudadanos se levantaban en armas por la llegada de un Mc Donalds o una planta de Coca Cola.

La investigación sobre los factores que permiten atraer inversión directa, por el momento, es menos categórica en sus conclusiones, quizá porque son el resultado de muchos aspectos. En general, los estudiosos del tema han sintetizado en dos modelos fundamentales el comportamiento de las multinacionales.

La IDE horizontal tiene como objetivo servir el mercado del país receptor, y acomete en él toda la cadena de valor del producto. La vertical, en cambio, busca la eficiencia, para lo cual divide el proceso productivo en fases y asigna cada una de ellas a aquel país o países en los que la dotación de recursos es más propicia: típicamente aquellas fases intensivas en mano de obra se situarán en naciones con bajos costes laborales, mientras que la I+D o la dirección general se ejecutarán desde países con dotaciones tecnológicas o de capital directivo más favorable.

También es posible encontrar multinacionales que reúnen ambos tipos de motivaciones. De hecho, un estudio reciente que realicé con otros colegas* sugiere que la IDE en la UE sigue un modelo híbrido que combina ambos factores. Además, hay una clase adicional de IDE, muy interesante para el tema que nos ocupa: la de plataforma de exportaciones. Un ejemplo típico es la conducta de Honda, Nissan y Toyota, que abrieron plantas en RU con el objetivo de cubrir desde allí no solo ese mercado sino toda la UE.

Las ideas anteriores nos permiten identificar ya algunos de los factores que favorecen la entrada de IDE: el tamaño del mercado del país receptor, o de aquellos países a los que se puede acceder desde el primero, los costes laborales, la cualificación de la mano de obra y la presión fiscal. Junto a ellos, la literatura especializada ha detectado otros aspectos que ayudan a atraer IDE: estabilidad política, mercados liberalizados, baja conflictividad laboral, simplicidad de trámites administrativos, entre otros. Y pueden citarse, en fin, otros aspectos relacionados con la calidad de vida que, a tenor de la evidencia anecdótica, ejercen algún impacto: por ejemplo, la seguridad o la oferta educativa para los hijos de los expatriados.

Nos encontramos en un momento fundamental para la UE y para España. El Brexit ha sido un golpe inesperado, que puede hacer mucho daño a nuestra economía, pero debemos aprender de la sabiduría china a convertir crisis en oportunidades. España debe estar a la cabeza de los países que intentan atraer la IDE que abandone las islas británicas. Es verdad que Madrid no tiene el poderío financiero de Francfort, ni el cultural de París, pero no hay duda de que nuestro clima, gastronomía y calidad de vida son factores muy atractivos.

El  gobierno central y los gobiernos regionales deben trabajar en una estrategia coherente que venda las bondades de establecerse en nuestro país. Deben analizar con cuidado las cuestiones fiscales, resbaladizas y peligrosas pero fundamentales. Deben evitar el regreso al pasado en materia laboral, olvidando los logros obtenidos en estos años en lo que respecta a la flexibilidad interna, la capacidad de adaptación de las empresas a la demanda y el acercamiento de la negociación colectiva a la situación concreta de cada empresa. Deben  olvidar aspectos anacrónicos que convertían nuestro mercado de trabajo en uno de los más rígidos de Europa, como la ultraactividad  o la cuasi indización de salarios a la inflación. Deben buscar la unidad de mercado y la estabilidad presupuestaria, sin hacer caso a los cantos de sirena de los que prometen dinero fácil a cualquier votante potencial. Deben desterrar cualquier rasgo de populismo, demagogia, intervencionismo en el mercado o proteccionismo. Deben vender la imagen de un país estable, serio, fiable, creativo, moderno y eficiente, en el que se trabaja mucho y bien, lo que no es incompatible con una elevada calidad de vida. Deben apoyarse en equipos de personas con conocimientos profundos de economía, con experiencia empresarial, acostumbrados a negociar en un entorno internacional, que sepan hablar el mismo lenguaje de las empresas y para los que el idioma no suponga un problema.

Quizá así, cuando vuelva a Londres, pueda escuchar la queja de los taxistas, lamentándose de que numerosas empresas extranjeras han abandonado el país, y que muchas de ellas lo han hecho en dirección a España.

  • Martinez, V., Bengoa, M. y Sanchez-Robles, B. (2016) “Foreign Direct Investment, Trade and the Home Bias: Evidence from the European Union” Empirical Economics 50(1):197-229, February 2016

 

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2 Responses to El Brexit como oportunidad

  1. Pingback: ¿Globalización o proteccionismo? | blancasanchezrobles

  2. Lamentablemente, no puedo ver el comentario que algún lector ha tenido la gentileza de aportar. ¿Podría volver a escribirlo? Muchas gracias

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