Quiero emprender. ¿Por dónde empiezo?

Si estás leyendo este post, te atrae (o te ha atraído ya)  la idea de emprender. Quizá tengas una idea, o un equipo, o algo de capital, o unas competencias… o una combinación de todo ello. O quizá no tengas nada de lo anterior, salvo el gusanillo, la ilusión y algo de vértigo. ¿Por qué vértigo? Porque emprender es crear, sacar de la nada o casi de la nada, arriesgar, salir de lo fácil y conocido para buscar lo difícil y lo nuevo.

¿Por dónde empezar? Haz una lista de lo que tienes. Haz una lista de lo que te falta. De esta última, selecciona lo imprescindible  para la marcha de tu negocio. Y ponte a buscarlo.

¿Y el paso siguiente? La idea de negocio. Es lo fundamental, lo que articulará las capacidades y recursos aportados por ti, tus socios o terceros. Ideas nuevas  de negocio, en un momento de turbulencias, ¿no es una quimera pretender elaborarlas y que funcionen? ¡Si todo el sistema productivo está en cuestión! Precisamente por eso. El modelo económico de muchos países occidentales va, muy probablemente, a cambiar. El de España, desde luego. No me refiero hoy (lo haré otro día) al modo como asignamos nuestros recursos. El mercado seguirá. El capitalismo, pese a lo que digan algunos agoreros, también. Lo que no tenemos claro, a día de hoy, es cuáles serán los sectores productivos del futuro. Tenemos cierta idea de cuáles no serán, o al menos no en su configuración presente. Y es que sobra producto terminado en muchos mercados. Estoy bastante segura, sin embargo, de que hay cosas que todavía no hemos hecho, o que podemos hacer de un modo distinto (más eficiente, con una combinación alternativa de factores productivos).

Sí, todavía no hemos ido a Marte, ni tampoco hay vuelos regulares a la Luna. No me refiero a eso. Me refiero a necesidades razonables de las personas que, hoy por hoy, no están cubiertas. Amancio Ortega supo ver  la oportunidad que le brindaba la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo en los 80. Un montón de señoras y señoritas tendrían que ir bien vestidas cada día a trabajar. Para recibir un cliente no puedes llevar la misma falda que para alimentar a las gallinas o pasar la fregona. Esas personas no tenían un poder adquisitivo suficiente para construir su fondo de armario a base de Balenciaga y Chanel. No hablamos de altísimas ejecutivas o abogadas de muchas campanillas, sino de secretarias, administrativas, profesoras, maestras, comerciales, mandos intermedios, que precisaban ropa con estilo, moderna y a buen precio. ¿Dónde se vendía esa ropa? En ninguna parte. Luego existía una necesidad sin cubrir y, por tanto, un hueco de mercado.

Otras veces el nuevo negocio puede ser hacer algo de modo distinto a cómo se realizaba hasta entonces. Por ejemplo, mucho más barato. ¿Un circo sin animales? Qué disparate. No, ¡qué eficiente! (mantener y trasladar leones y elefantes es muy caro). Entonces ¡nos quedamos sin circo! No, si montas un espectáculo alternativo, como hizo el Circo del Sol. Y así sucesivamente: seguros que se venden on line, vuelos en los que no se ofrece el periódico, el desayuno ni la reserva de asiento, muebles que se venden desmontados… Ha nacido el low cost.

Vamos a pensar. Y vamos a observar. Y vamos a leer. Y vamos a viajar, a ver qué se hace fuera. Y vamos a hablar con mucha gente. Y vamos a inyectar sangre nueva en el sistema circulatorio – bastante desmejorado, es verdad – de nuestra economía. Nos conviene a todos, porque las palabras grandilocuentes no crean empleo. Los emprendedores con intuición, acierto y algo de suerte, sí.

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