Mañana de sábado en Madrid

Mañana de sábado en una tienda “flagship” de una marca conocida, nacional, ni muy barata ni muy cara. De las que usan muchas mujeres para construir su fondo de armario.

Quiero comprarme algunos pantalones, elijo varios modelos, pido a una empleada -jovencita, con acento eslavo y algo inexperta – que me proporcione las tallas que necesito. Otra dependienta mayor y más experimentada nos ve sin decir nada. Entro en el probador. Al rato aparece, no la empleada jovencita, sino la experimentada, con un montón de prendas, unas escogidas por mí y otras no.  Me explica con suma delicadeza cuáles son los cortes de pantalón que mejor me sientan y por qué  (los que ella trae, por cierto,  y no los que yo había escogido) y, con infinita paciencia,  me recomienda aquellos que me pueden quedar mejor. En definitiva, se convierte en una magnífica personal shopper improvisada.

Empiezo a probarme y compruebo a) mi profundo desconocimiento de mi propia anatomía en cuanto a pantalones favorecedores se refiere b) el excelente ojo clínico de la empleada con experiencia, que me ha traído algunas prendas que me quedan de maravilla y disimulan mis puntos débiles.

Finalmente me decido por varios y lo comunico a la dependienta experimentada. Ella los lleva a la caja, y se los entrega a su compañero, el que ese día se encarga de cobrar. Musita un código en voz baja. Por la expresión de la cara de ambos, me doy cuenta de que es el código de la empleada jovencita e inexperta, cuya contribución real al éxito de mis compras había sido escasa.

Me voy del establecimiento admirada del buen corazón de una empleada, que es capaz de hacer muy bien su trabajo sin rentabilizarlo, sino atribuyendo el éxito y la parte correspondiente de retribución variable (imagino que existirá) a alguien que está empezando, que todavía no conoce bien el negocio y que, además, ha salido de su país en busca de oportunidades.

Toda una lección de generosidad, de acogida a los que vienen a trabajar a España y de discreción. Ese día recupero mi fe en la humanidad en general y en los españoles en particular.

Somos un país complejo, lleno de defectos pero también de virtudes: la empatía, la grandeza de ánimo, la solidaridad con quien lo está pasando peor, el interés por el otro. Mientras exista mucha gente como la dependienta mencionada, es posible que este país, que con frecuencia tanto nos desazona por comportamientos poco ejemplares, tenga futuro.

 

 *Nota: muchas gracias a Telva por premiar esta carta en su número de agosto. Y enhorabuena a Adolfo Domínguez por su equipo de vendedores.

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