Por qué se van y no volverán de momento las empresas a Cataluña

Las ideas que recogeré en este post son económicas; aunque en alguna ocasión pueda rozar algún aspecto político, será solo en tanto en cuanto afecte a la economía.
Ante un tema tan arduo, puede ser interesante comenzar con algo de poesía:
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres…
ésas… ¡no volverán!
 
Y es que lo que dice Bécquer sobre las golondrinas puede aplicarse a las empresas: aquellas que aprendieron nuestros nombres (y entendieron el conflicto en Cataluña) esas…¡no volverán! mientras se prolongue esta situación.
Es lo contrario, por cierto, de lo que piensa el portavoz del Govern Jordi Turull, que hace un par de días se mostraba convencido de que las empresas regresarían en un breve espacio de tiempo.
No lo creo. Y como yo, todos aquellos que entienden cómo es y funciona una empresa,
algo que, es evidente, no es tan trivial como parece.
Para empezar, es bueno recordar que las empresas no son monstruos que devoran a la sociedad (quizá en algún caso aislado sí) pero, en general, son esenciales como modo de organizar el trabajo de multitud de personas y generar un bien o servicio que sea útil a muchas otras. En el proceso, los empleados reciben un sueldo, una formación y unas competencias y los consumidores un producto especializado (si quiero un plato de macarrones no es necesario que muela la harina, fabrique la pasta, cultive tomates en mi huerta, críe un cerdo en el tendedero de mi casa…. basta con tener a mano una tienda donde comprar macarrones, chorizo y tomate). Tampoco hace falta que busque desesperadamente  alguien que me prepare un plato de pasta, a cambio, por ejemplo, de una clase de economía. El trueque no es necesario porque existen otras empresas cuya función es distribuir lo que elaboran otras ( también porque existe el dinero, claro). Además, las empresas pagan impuestos y ofrecen rentabilidad a sus accionistas (cuando pueden). ¿Que algunas cometen abusos? sí, ¿que hay malas prácticas? también, pero son casos aislados, no generales, del mismo modo que hay médicos, abogados o financieros que realizan su trabajo de modo chapucero.
En definitiva, la empresa es un motor indispensable de la economía moderna y crea riqueza que excede a los costes sociales que pueda producir. A día de hoy no se ha inventado un sistema superior para organizar los recursos y satisfacer necesidades.
Las empresas trabajan en escenarios complejos y se enfrentan a multitud de variables desconocidas en el día a día. ¿Gustará mi producto? ¿Lo copiará la competencia? ¿Llegará a tiempo el recambio de la máquina, necesaria para atender un pedido? ¿Es el nuevo Director de Ventas el más adecuado para el puesto? ¿Qué nos deparará el próximo impuesto de sociedades? ¿Qué va a pasar con el precio del petróleo? ¿Subirá Draghi a corto plazo los tipos de interés, como insinúa últimamente?… y así un largo etcétera.
Ni los nuevos modelos basados en Big Data, ni la inteligencia artificial, ni el Internet de las cosas, ni el blockchain, ni ninguna de esas herramientas sofisticadas y tendencias  esotéricas del mundo 4.0 consiguen suprimir del todo el riesgo que corre una empresa cuando toma una decisión. Pueden reducirlo, en la medida en que aportan más información para tomar decisiones, pero nunca erradicarán completamente el riesgo.
Algo que aborrecen las empresas es el aumento de incertidumbre (emplearé incertidumbre y riesgo como sinónimos aunque no sean exactamente lo mismo). Bastante se genera puertas adentro de la compañía, por lo indicado en los párrafos anteriores, y no desean que exista en exceso puertas afuera, en el entorno en que operan. Por eso cualquier compañía prefiere establecerse en zonas geográficas  con estabilidad macroeconómica y política, reglas del juego claras y nítidas, gobiernos más o menos predecibles (porque cumplen su programa electoral) que no intervienen demasiado en la economía ni poseen un desaforado apetito regulador, leyes inteligibles y que se cumplen, y, en definitiva, lo que los anglosajones llaman el rule of law y nosotros podríamos traducir por estado de derecho.
Esto es prácticamente un axioma. Se ha analizado mediante modelos teóricos y análisis empíricos, para distintos grupos de países, y siempre la conclusión es la misma. Yo he estudiado el tema fundamentalmente en dos trabajos, este y este otro, para la economía latinoamericana (tratan sobre Inversión Directa Externa pero los resultados son análogos para todo tipo de empresas y áreas).  La incertidumbre, el riesgo político y el exceso de intervencionismo estatal son  deletéreos para las empresas y, en último término, para la economía de un país.
Cataluña es un mercado atractivo por tamaño y por cualificación de su mano de obra, sí,  pero en este momento no presenta un horizonte claro para las empresas. La declaración del Presidente catalán ayer no ayudó, precisamente, a despejar las incógnitas. Está claro que la región atraviesa un momento de inestabilidad política, y no sabemos cuándo recuperará la normalidad (esperemos que cuanto antes). Hay incertidumbre incluso sobre cuánto durará la incertidumbre.
En el caso de la independencia, se ha probado ya  por bastantes expertos, como Josep Borrell, que la independencia perjudicaría la economía catalana notablemente:  la región saldría de la UE, se reducirían considerablemente sus exportaciones debido a los aranceles, se encarecerían sus importaciones, no atraería Inversión Directa (especialmente sensible al riesgo país), las finanzas públicas quedarían en una situación peligrosa y los bancos saldrían del paraguas salvador del BCE y del Fondo de Garantía de Depósitos, entre otras cuestiones. Todo esto sin contar con que debería emitir una nueva moneda, algo así como el catalonio, que muy probablemente sufriría grandes oscilaciones, sobre todo a la baja, a corto y medio plazo.
Cataluña ofrece hoy, entonces, una combinación de incertidumbre con peligro. Incertidumbre, porque no sabemos bien cómo y cuando acabará este proceso, y peligro porque si realmente se produce la independencia, los ciudadanos se empobrecerán, las empresas que sigan en la región venderán menos, pagarán más impuestos (de lo contrario no salen las cuentas) y se verán perjudicadas en el marco normativo. No olvidemos que el partido que de modo más beligerante clama por la independencia es anticapitalista, es decir, enemigo de la empresa. Tiene una visión de la economía del s. XIX, defendida por Marx y hoy claramente superada en el plano teórico y práctico, aunque solo sea por la pobreza de los países que han seguido sus recomendaciones (Cuba, Venezuela, Bolivia, Europa del Este antes de la caída del muro…). Esto implica que una República catalana se caracterizaría por una notable intervención del Estado en la economía, con leyes muy lesivas para las empresas, una subida de impuestos para financiar el aumento del gasto público que propugnan los partidos independentistas, unos gobernantes que ni entienden ni están a favor de la economía de mercado, una posible nacionalización de instituciones y servicios, la creación de un potencial banco público (inconcebible después de que las Cajas hayan salido rana), y un gran aislamiento internacional.
He mencionado la inversión directa externa. ¿No hay modo de, mediante el diálogo y la negociación, convencer a las multinacionales de las bondades de invertir en Cataluña? Por supuesto que sí, pero mediante la firma de un acuerdo bilateral de inversión con el país en el que está radicada esa empresa. Y, paradójicamente, el contenido del Tratado que exigirían las empresas foráneas recogería, punto por punto, una serie de condiciones que son, precisamente, las que se habrían desterrado de esa hipotética república: los inversores potenciales exigirian  menos impuestos, menos intervención del estado en la economía, estabilidad macroeconómica, presupuestos equilibrados, mecanismo de resolución de disputas claro y concreto…. con lo que volvemos al punto de partida. El Govern no aceptaría las condiciones deseadas por las empresas, por la que estas emprenderían el vuelo en busca de predios más favorables.
Entonces, ¿cual es el futuro? si las cosas siguen así, es altamente improbable la vuelta de las empresas. Si la situación se encauza, si se vuelve al estado de derecho, si se conjura el peligro de un gobierno dominado por anticapitalistas-populistas y, en definitiva, se archiva un proyecto  tan romántico como Bécquer pero con un grado de realismo económico asintóticamente cero, entonces, a medio-largo plazo, es posible que alguna golondrina vuelva en un balcón de la región sus nidos a colgar, y que Cataluña recupere parte de las empresas que se han marchado.
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