Sociedad del esfuerzo o sociedad del victimismo

 

Acabo de volver de Varsovia, una ciudad llena de contrastes. La Parte Vieja, la Plaza del Mercado y el Castillo, con sus dos maravillosos Rembrandt, son interesantes y bonitos, y demuestran el tesón del pueblo polaco. Tras ser destruídos por los nazis, los polacos reconstruyeron el antiguo casco viejo piedra a piedra basándose, entre otras fuentes, en unos cuadros de Canaletto que mostraban cómo era la ciudad en el s. XVIII. La zona neoclásica, con avenidas arboladas y edificios armoniosos, es bella y tranquila, y está llena de reminiscencias de Chopin.

 

La ciudad ha cambiado notablemente en 10 años, última vez que la visité por motivos de trabajo, pero la atmósfera de muchos de sus barrios sigue siendo un tanto sombría y amenazadora. No sé si por las calles, mal asfaltadas y poco transitadas, el silencio reinante, los grandes edificios históricos vacíos donde resuenan a tu espalda – de cuando en cuando –  unos pasos inquietantes, o el ambiente brumoso (en parte debido al tiempo) que envuelve en la neblina los rascacielos construidos por bancos o consultoras extranjeras. La ciudad, en suma, me produce la sensación de ser protagonista de una novela de Le Carré.

En realidad la capital de Polonia es una amalgama de varias Varsovias: la antigua e histórica, la ex comunista cuyos vestigios aún perviven en forma de edificios a medio derruir o espantosos ejemplos del realismo socialista, y la contemporánea, compuesta por apartamentos más modernos y  empresas situadas en edificios imponentes que se van multiplicando con el tiempo.

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Los polacos son tenaces, esforzados y cultos. Y muy  luchadores. Han peleado por su país, invadido por el Este y el Oeste, y posteriormente sometido a varias particiones que lo desmembraron y repartieron entre Alemania, Austria o Rusia. Y han luchado también por otros países: lideraron la coalición de naciones occidentales que frenó al imperio turco en Viena en 1683, y ayudaron a impedir  la invasión nazi de Reino Unido en la segunda guerra mundial con sus famosos pilotos.

Estoy convencida de que existe una correlación positiva entre ese espíritu de lucha y el ritmo notable al que  va mejorando el país. Proliferan ya las tiendas occidentales, los Cafés Nero, los taxis afiliados a My taxi, los hoteles al gusto occidental que se pueden reservar con  booking.com y donde te tratan como a un ser humano (poco después de la caída del muro, los empleados de hoteles de ciudades de Europa del Este parecían sargentos del Ejército Rojo a punto de fusilar al cliente), por poner varios ejemplos dispares. Esto solo es la punta del iceberg de un país que ha sabido huir de las garras destructivas del comunismo, tras los episodios de 1989, y convertirse en una economía más moderna, más libre, más eficiente, más culta, que crece a tasas razonables y que ofrece estampas como esta, vista poco antes de embarcar en el aeropuerto.

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Y, pese al maltrato inflingido por otros países y a su duro pasado, no percibo en los polacos victimismo, sino coraje y esfuerzo.

¡Qué distinto a esas actitudes extendidas en nuestra sociedad, en las que la palabra responsabilidad se ha reemplazado por el término victimismo! Los problemas que tengo yo, o mi región, o mi país, no están causados en absoluto por mi mismo, ni siquiera en un 1%. La culpa es siempre y por completo del FMI, de Merkel, de la clase política, del Estado opresor, de las multinacionales, de las estructuras perversas del comercio internacional, de los profesores que me suspenden, de las empresas que no contratan, del cambio climático, de los avances tecnológicos o de los vestigios de la civilización greco romana.

Cada suceso en la historia es la suma de muchos y complejos factores, relacionados a su vez con distintos agentes. No obstante, cuando sistemáticamente  atribuimos los conflictos o dificultades en exclusiva a aspectos exógenos, olvidando el componente endógeno, nos estamos dejando engañar por un victimismo deletéreo, que destroza algo fundamental para que funcione la sociedad: la responsabilidad.

No me imagino a los inmigrantes que llegaron a EEUU en el siglo XIX quejándose de la falta de infraestructuras, la poca previsión de los Padres Fundadores, al no construir más trenes para facilitar la conquista del Oeste o la competencia de los comercios ya en funcionamiento, sino batallando por un pedazo de tierra, una pequeña tienda que sacar adelante o unos estudios en el turno de noche. No me imagino a los españoles que emigraron a otros países de Europa en la segunda mitad del s. XX carcomidos por el resentimiento contra su nación de origen, que les enviaba a países de los que ignoraban el idioma a trabajar como camareros o transportistas, sino peleando por sacar a su familia y enviar remesas a los que se quedaron en su tierra. No he visto a muchos rumanos que han emigrado a otros países más prósperos criticando a las autoridades y empleadores de los países de acogida, sino trabajando duro, sin pensar si cumplen o no las 40 horas semanales.

De momento no me veo capaz de analizar en profundidad  las causas de este victimismo, porque son múltiples y complejas. Quizá tengan que ver una educación demasiado complaciente de los padres que carecieron de las facilidades de las que hoy disfrutan sus hijos; algunos mensajes políticos que, de modo muy poco original, echan la culpa de todo a la clase dominante, como si no viéramos clases dominantes de su signo político arruinando a sus compatriotas en diversos países; una narrativa de la historia y la economía absolutamente surrealistas; unas  generaciones que han tenido todo muy fácil y que sufren un ataque de ansiedad si algo no sucede cuando y como yo quiero (incluido un ascenso), una devaluación del concepto de esfuerzo, una excesiva dependencia del papá Estado (esto sobre todo en Europa), que debería resolver todo de modo instantáneo con su varita mágica…

Es fundamental ir buscando soluciones a este cáncer de nuestra sociedad: volver a la racionalidad y a la sensatez para realizar diagnósticos certeros de los conflictos y buscar remedios sensatos, donde cada palo aguante su vela; reconocer que los  tropiezos no son estigmas que nos hunden para siempre sino que nos espolean para seguir peleando; hacer oídos sordos a los que instilan rencor, odio y resentimiento por motivos espúreos… y fomentar el gran valor occidental de la responsabilidad, por oposición  al Inshallah de algunos musulmanes o a la confrontación violenta, utópica e irresponsable  de los antisistema y activistas de causas perdidas.

Si los polacos hubieran sucumbido al victimismo a lo largo de su historia, hoy serían poco más que un pueblo de pastores. Afortunadamente, han tenido la valentía de ser ellos los protagonistas de su historia.

*Nota: este post no se basa en un problema presente hoy en España; su ámbito es mucho más general.

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