¿Qué ocurrirá con la economía en 2021?

¿Qué nos depara 2021? ¿Cómo va a ir la economía en el nuevo año? ¿Cuándo volveremos a la situación previa a marzo de 2020? Hay esperanza, aunque la incertidumbre todavía sea elevada.

En 2020 la economía mundial se contrajo un 4,3%. En el tercer trimestre del año comenzó tímidamente a recuperarse, pero la tendencia no prosperó debido al aumento de los contagios.

La cifra de crecimiento negativo de 2020, con todo, fue menos mala de lo que se esperaba, tanto porque la recesión en los países desarrollados no fue tan grave como en un principio se vaticinó como porque la recuperación de China ha sido más sólida de lo previsto. También ayudaron las medidas expansivas, fiscales y monetarias, puestas en práctica en la mayoría de los países.

Se han perdido empleos, han desaparecido empresas pero, en general, no hemos asistido a una debacle en la economía mundial, de modo que la actividad se irá recuperando y alcanzará de nuevo el nivel de actividad previo a la crisis a finales de 2021, muy probablemente.

La economía se recupera: previsiones de crecimiento

El Banco Mundial ha publicado recientemente la edición de enero de 2021 del informe Perspectivas económicas mundiales. El organismo internacional estima que la economía mundial crecerá un 4% en 2021 en el escenario base (Figura 1). La OCDE, en el segundo volumen del Economic Outlook, de diciembre de 2020, apunta a un 4,2%.

¿Son realistas estas cifras? La respuesta depende, en buena parte, de lo que ocurra con la vacunación. Cuanto más rápido vaya y cuanto antes esté inmunizado un porcentaje significativo de la población, más rápido crecerá la economía.

Si la vacunación se retrasa y los contagios avanzan, el escenario sería más pesimista, y el crecimiento en 2021 tan solo registraría el 1,6%. En caso contrario, en un escenario optimista, la cifra de crecimiento mundial podría situarse casi en el 5%.

EEUU, que registró una caída del 3,6% del PIB en 2020, crecerá al 3,5 % en 2021 según las proyecciones del Banco Mundial. La tasa de crecimiento de la zona euro, que experimentó una contracción del 7,4% en 2020, alcanzará el 3,6% según el Banco Mundial y la OCDE. El PIB de Japón cayó un 5,3% en 2020 y se expansionará al 2,3- 2,5% este año.

Fuente: Banco Mundial

El PIB de China variará entre el 7,9 y el 8% en 2021, lo que constituye un factor para el optimismo por su papel como locomotora del comercio mundial y del crecimiento del resto de los países. India podría alcanzar el 7,9%, cifra no desdeñable.

Según las previsiones del Banco Mundial América Latina y el Caribe crecerán alrededor del 3,7% en 2021. África subsahariana alcanzará el 2,7%, y Asia Oriental y el Pacífico el 7,4%.

El dinamismo del comercio internacional es un factor determinante para el crecimiento de las economías. La OCDE estima que en 2021 crecerá el 3,9% y en 2022 el 4,4%. Son buenas noticias, como también lo es la firma de un acuerdo comercial muy amplio entre la Unión Europea y Reino Unido que cierra el proceso del Brexit, como se expuso aquí. Si la nueva Presidencia en EEUU revierte la tendencia proteccionista actual, dos de las amenazas mayores para el comercio mundial podrían desaparecer en los próximos meses.

De hecho, y como indica la Figura 2, algunos indicadores del comercio de mercancías van volviendo a los niveles registrados en los últimos años. El turismo y los vuelos de pasajeros todavía se no se han recobrado, sin embargo, y precisarán de más tiempo y mejoras en las condiciones sanitarias para recobrar las cifras del pasado.

Fuente: OCDE

Veamos con algo más de detenimiento las proyecciones para América Latina y el Caribe.

Perspectivas para América Latina y el Caribe

América Latina y el Caribe sufrieron con crudeza la Covid-19, y el impacto se trasladó a la economía, que se contrajo un 6,9%. Como muestra la Figura 3, la pasada primavera se derrumbaron tanto la producción industrial como las ventas minoristas, aunque recuperaron los niveles previos a la caída en otoño. También se redujeron las exportaciones y las entradas de turistas.

Figura 3. Producción industrial y ventas minoristas, América Latina y el Caribe

Fuente: Banco Mundial


Las predicciones del Banco Mundial estiman que Perú puede crecer un 7,6% en 2021, después de un 2020 fatídico. Colombia y Argentina podrían llegar a crecer al 4,9%, Brasil al 3% y México al 3,7%. Pero el futuro no está exento de riesgos.

En general, los países de la zona aplicaron medidas fiscales expansivas – en buena parte transferencias – con objeto de combatir los efectos de la pandemia. La financiación de estas políticas elevó considerablemente los niveles de deuda pública, al tiempo que presionó al alza las primas de riesgo.

En estos momentos es importante recuperar la confianza de los inversores, lo que a su vez exige que las autoridades de política económica presenten planes creíbles de consolidación fiscal, que impidan nuevas subidas en el coste de la deuda e indeseables efectos bola de nieve.

Durante este año los gobiernos deben apoyar la recuperación con medidas adecuadas, y reemplazar gradualmente las políticas de apoyo a los ingresos por las agendas de estímulo del crecimiento.

Y es que resulta cada vez más urgente impulsar el crecimiento de la productividad en la región, anémico desde hace años. Se requieren inversiones en infraestructuras y en la digitalización de la economía. Todos los avances que se realicen en el ámbito de los acuerdos regionales de integración y fomento de la inversión directa, asimismo, estimularán el producto por trabajador, como ya se puso de manifiesto en este post. En el contexto de una situación fiscal débil y una deuda elevada, además, las reformas institucionales son particularmente importantes para estimular el crecimiento.

Los bancos centrales de algunos países del área han puesto en práctica programas de compra de activos como respuesta a las presiones en los mercados financieros desencadenadas por la crisis del Covid-19. Estos programas han funcionado correctamente en muchos casos. No deberían ser, sin embargo, una excusa para la financiación indiscriminada de déficit fiscales, porque podrían erosionar la independencia de los bancos centrales, alimentar expectativas inflacionistas y poner en peligro la sostenibilidad de la deuda.

Los riesgos y las amenazas subsisten…

Como se dijo más arriba, las medidas fiscales y monetarias tomadas durante 2020 han conjurado con éxito el peligro en la mayor parte de los países. No obstante, existen dos riesgos fundamentales en estos momentos. En primer lugar, confiar en los estímulos fiscales más allá de lo razonable; en segundo lugar, utilizar estos buenos resultados como coartadas para eludir reformas más profundas.

Durante el año pasado los gobiernos han gastado profusamente. La UE ha diseñado generosos programas de ayudas. Los expertos coinciden en la necesidad de acometer inversiones en infraestructura, digitalización, sanidad, educación… Pero esto no implica que cualquier desembolso público va a ser eficaz.

Es fundamental que todos los programas de gasto que se pongan en marcha en los próximos meses estén bien estudiados, calibrados y planificados. No cabe gastar sin ton ni son por eso de que ahora tenemos una coartada o bien llueven los fondos y las ayudas. La responsabilidad de utilizar del modo más conveniente todos y cada uno de los recursos disponibles continúa siendo perentoria. Sería una injusticia con las generaciones presentes y futuras despilfarrar los flujos en agendas partidistas, medidas experimentales o planes de dudosa eficacia. No puede olvidarse el coste de oportunidad de esas cuantías, materializado en los destinos alternativos a que se podrían haber dedicado.

En los años 70 y 80 algunos países destinaron los ingentes flujos de petrodólares que recibieron como préstamos a construir aeropuertos en medio de la selva, acometer otros proyectos tan fastuosos como inútiles y, en fin, despilfarrar con alegría aquellas sumas. Han pasado décadas de aquello, hay más experiencia y conocimientos y ahora la ciudadanía es más consciente de que el dinero público sí es de alguien (de todos).

Por desgracia, los programas de evaluación de las políticas públicas no están todavía asentados y consolidados en todos los países, lo que dificulta la rendición de cuentas por parte del Estado. Esto no puede ser obstáculo, sin embargo, para que los gobernantes inviertan con sensatez, de una parte, y los gobernados exijan responsabilidades y eficacia, por otra.

Los principales organismos internacionales llevan bastante tiempo insistiendo en la necesidad de acometer transformaciones de calado que eliminen las trabas al buen funcionamiento de la economía. Por desgracia, estas advertencias caen con frecuencia en saco roto, en parte porque las políticas encaminadas a estos objetivos suelen llevar aparejadas un coste político no desdeñable.

Los gobiernos, no obstante, deberían explorar nuevas formas de estimular la economía y aumentar su flexibilidad y capacidad productiva, más allá de las vías tradicionales – políticas fiscales y monetarias – que cada vez cuentan con un margen de maniobra menor.

La crisis ha golpeado con más fuerza unos sectores productivos que otros. Durante los últimos meses hemos comprobado que algunas actividades han languidecido mientras que otras han experimentado un progreso espectacular.

En los meses venideros asistiremos a una reasignación de recursos de algunas de las primeras a las segundas. Esta reasignación es lógica e inevitable, y permitirá el impulso de nuevas formas de creación de valor para toda la sociedad. Cuanto más flexible sea la economía, más fácil y beneficiosa será esa transformación.

No puede olvidarse que son las empresas las que cubren necesidades y crean y garantizan el empleo. Todas aquellas reformas que reduzcan la burocracia, simplifiquen los trámites administrativos y apoyen a los emprendedores contribuirán al restablecimiento y fortalecimiento del tejido productivo.

Todas aquellas medidas destinadas a entorpecer el lanzamiento de nuevos proyectos o el buen funcionamiento de los existentes ayudarán a que siga en cuarentena, haciéndonos a todos un poco o bastante más pobres. Y recordemos que los cantos de sirena de los populismos se activan y fortalecen en los momentos de incertidumbre.

pero pueden convertirse en oportunidades

La economía mundial se ha contraído en 2020 por efecto de los shocks de demanda y oferta provocados por la emergencia sanitaria. Los expertos apuntan a que, si todo va bien, la actividad podría volver a la situación anterior a la crisis a finales de 2021.

Las políticas de demanda aplicadas en 2020 han sido eficaces. No obstante, no son la panacea; en los meses venideros deben diseñarse con cuidado, de modo que no se traduzcan en un gasto público desmedido e irresponsable, ni intenten reemplazar a las reformas de mayor calado que precisan casi todos los países.

Quizá llegó el momento de hacer de la necesidad virtud e incluir en la agenda este tipo de reformas. Si queremos que el decenio que comenzamos se caracterice por un crecimiento vibrante y dinámico, que reduzca la pobreza y permita alcanzar cotas mayores de renta per capita, desarrollo y bienestar, esta es la vía adecuada.

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