¿Es malo ser liberal?

Para responder a esta pregunta, debemos aclarar antes qué entendemos por ser liberal.

El término liberal -o el uso que se le da- se ha convertido en ambiguo y confuso. Además, varía conforme lo hacen el espacio y el tiempo. No es lo mismo ser liberal en EEUU que en Europa (el equivalente al liberal europeo es el libertario americano, por ejemplo). Y son muy diferentes el liberalismo económico, el filosófico y el moral. Confundir estos términos ha dado muchos quebraderos de cabeza a más de uno. Las ideas que siguen se refieren al  liberalismo económico.

Una vez aclarado este punto, mi impresión general es que, hoy en día, no está de moda ser liberal. Un notable porcentaje del ADN de buena parte de los humanos, y de una amplia mayoría de los españoles es –  más o menos conscientemente –  proclive al socialismo o, al menos, al intervencionismo. Ante un problema volvemos los ojos al Estado. Usamos con frecuencia frases en impersonal con sujeto elíptico pero sobreentendido: “Hay que ayudar a los emigrantes” (el Estado o Cáritas, se supone). “Hay que crear empleo”  (lo harán la ministra y/o consejeros del ramo). “Hay que remediar la pobreza” (misión para Gates, Trump, y/o el Estado).

En paralelo, prolifera la creencia de que todo lo malo que pasa (sobre todo en la economía, pero también fuera de ella) es fruto de oscuras conspiraciones en los mercados, con la aquiescencia del grupo Bilderberg, el círculo de Davos y las aviesas multinacionales.

Los liberales (o peor aún, neoliberales, algo que no se sabe muy bien en qué consiste) serían tipos duros, egoístas, embrutecidos por el ansia de dinero y acogotados por su inmensa avaricia. Poseen Ferraris, mansiones en la Toscana y en Sotogrande y abultadas cuentas en paraísos fiscales. Especulan con inmensas cantidades de dinero sin mover una ceja, al más puro estilo Gordon Gekko.

La descripción anterior corresponde, en general, al bien conocido (y un poco hortera) nuevo rico que será, por cierto, liberal o intervencionista, conservador o socialdemócrata,  ácrata o comunista, ya que la esencia del liberalismo no está ahí.

El liberal en el terreno económico hunde sus raíces en Adam Smith y su popular metáfora de la mano invisible, materializada, con un ejemplo aparentemente prosaico, en el no menos famoso carnicero. No metí La Riqueza de las Naciones en mi maleta de veraneo, y siento no poder transcribir la cita completa, pero creo que es bien conocida. No es la benevolencia del carnicero, sino su legítimo afán de lucro, lo que le lleva a despachar chuletas de cordero.

Y de este lucro se benefician no sólo el propio carnicero, sino las familias que compran en su tienda, el dueño de los corderos, el vendedor de lechugas, el fabricante de patatas fritas, el propietario del restaurante o el asador… Y también el cirujano que se come el chuletón, el profesor que es intervenido quirúrgicamente por un profesional adecuadamente nutrido, el alumno de ese paciente, etc.

El mercado de bienes y servicios se compone de una cadena de transacciones donde todos salen ganando, porque -en términos técnicos- la utilidad de lo que reciben excede a su precio. Y en cada eslabón de la cadena se genera el valor que permite que el conjunto siga funcionando de modo armónico.

También lo explicó magistralmente Friedman en su ejemplo del lápiz, en el que el grafito, la madera, el caucho y la pintura –  procedentes de Guinea, Tailandia o Rumanía –  se combinan para producir un objeto que permite al pintor esbozar su obra maestra o al escritor componer su más bello poema. El secreto para que esta misteriosa conjunción planetaria de mecanismos funcione es el laissez faire, que deja el protagonismo de la actividad a la libertad e iniciativa de los agentes.

El problema surge cuando algunos espíritus excesivamente críticos empiezan a detectar fallos en el proceso. El carnicero está pagando mal a su ayudante. El dueño de las ovejas segovianas hunde los precios de la carne francesa. El propietario del restaurante contamina el pueblo, degrada el paisaje y explota a sus camareros. El fabricante alemán de lápices arruina a los madereros brasileños. El médico cobra demasiado a sus pacientes. Y el profesor envenena las mentes de sus alumnos con sus ideas. Hace falta un estado omnisciente, omnipresente y todopoderoso que regule la situación. Y así ha nacido lo contrario del liberalismo, el estatalismo (la palabra socialismo está desvirtuada):  el estado adquiere una preponderancia desmedida en la vida económica.

Las cosas no son blancas o negras, sino que presentan matices. Todos (o casi todos) los liberales admiten que es imprescindible un estado; todos los estatalistas creen que es necesario el mercado. La diferencia estriba en el grado de protagonismo que demos a uno u a otro en la combinación de ambos Y algunos piensan que las interferencias en el mercado crean más problemas de los que resuelven, frente a los que sostienen que el Estado debe gastar, regular, emplear y actuar mucho. Y en medio, un montón de posiciones intermedias escoradas, en su caso, hacia uno u otro punto.

¿Qué es ser liberal? En mi modesta opinión, estar más cerca de la primera posición que he descrito que de la segunda, lo cual tiene un sinfín de implicaciones: la apuesta por la libre empresa y el potencial creador de los empresarios, la fe en los impuestos bajos y las ratios gasto público/PIB contenidas, el convencimiento de que el comercio internacional no es un juego de suma cero, la creencia de que la globalización no es un invento yanqui para sojuzgar a los pueblos indígenas, el temor ante los caudillos populistas iluminados,  el escepticismo hacia los que piensan que el mundo está siempre abocado a una catástrofe -ya sea por el exceso de población, la escasez de alimentos o el funcionamiento del sistema digestivo de las vacas, que lanzan al aire, inconscientemente, cantidades ingentes de gas metano altamente contaminante-.

Seguro que me dejo muchas ideas en el tintero, pero no pretendo ser exhaustiva. Sólo dar algunas pistas para que cada uno pueda contestar la pregunta del título: ¿Es malo ser liberal?

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